EXTático

Actualizaciones en EXTático

Guardado en: Logística — Gilberto Salas Febrero 3, 2012 @ 6:40 pm

Dentro de los múltiples cambios que han habido en EXTático, todos para bien, hay algunos que me gustaría resaltar.

En primer lugar, hemos actualizado la web de EXTático. Dentro de los cambios, hemos añadido la tienda online y un hilo directo a nuestro proyecto diver. Para seguir ese proyecto, es conveniente hacerlo por Facebook o Google +, ya que las actualizaciones son semanales.

Con respecto al diver me imagino que estará terminado en julio o en septiembre. Quizá un poco lento para algunos, pero nuestra idea es que salga perfecto y que nadie tenga ningún tipo de queja. Por eso hemos tenido que repetir todos los prototipos para poder mejorarlos al máximo y terminarlos como debe ser.

Por otra parte, tenemos entre manos otro proyecto bastante avanzado, pero lo mostraremos una vez hayamos repartido los diver que estamos realizando. Este proyecto consiste en otro reloj diver, que espero que también guste. Asimismo estamos hilvanando otro proyecto un tanto más conceptual cuyo camino estamos trazando pero no conocemos el final. No sabemos qué va a salir de ese proyecto, pero es mas bien de investigación de formas dentro de programas generativos en base a conceptos basados en nuestra particular idea del tiempo.

Por último, estaremos en Baselworld durante los días 10, 11 y 12 del próximo mes, para ver las novedades de que se presentan y alguna cosilla más que puede ser interesante para nuestra marca.

La franqueza no vende

Guardado en: Etcétera — Gilberto Salas Febrero 1, 2012 @ 4:50 pm

Desgraciadamente al español no le gusta la franqueza. Prefiere las palabras bonitas, el sí a todo, que no la claridad en la propuesta, ya que la franqueza misma implica seriedad y esfuerzo. Contrariamente, el español es escéptico por naturaleza y es muy contradictorio porque se dejar seducir por el lenguaje adornado del encantador de serpientes, cuyo personaje conceptual es el tombolero, del cual ya hemos hablado anteriormente.

La franqueza es un adjetivo del ser franco, que significa ser leal en el compromiso y sincero en la verdad. Es el ser noble y ello implica una obligación con el consabido esfuerzo. Ser franco en el trato, en los negocios, en las relaciones personales no es un valor que se aprecie mucho aquí en España. A Los españoles no nos gusta que nos digan las verdades a la cara. Por eso, los mismos políticos que son francos no pueden salir elegidos nunca, ya que con su franqueza nos dicen lo que no queremos oír, que vivimos en el país de nunca jamás.

En las relaciones humanas, el franco puede ser tachado de grosero si hablamos de países de Latinoamérica. En España mas que grosero se le tiende a desacreditar de múltiples formas. Nadie se cree que pueda cumplir un compromiso porque la mayoría de las veces se proyecta el propio carácter. Por eso mismo, el franco genera escepticismo y suspicacia, que de eso aquí nos sobra. La sociedad española es excesivamente paranoica y a la vez contradictoria. Nos dejamos llevar por la música tomboleril, en cambio, somos muy reacios a reconocer la verdad de alguna propuesta seria y noble. Si alguien afirma con convicción que puede ofrecer algún servicio, pero que hay que considerar un trabajo de equipo o algún tipo de esfuerzo para realizarlo, ya vemos el gato encerrado. Si un profesional nos explica que puede conseguir alguna cosa, pero lo expone de un modo sincero, real o taxativo, recelamos de sus palabras porque implican un trabajo común de confianza mutua. En cambio, si el que promete, da igual que sea profesional o no, nos adorna el producto, el servicio, el favor o lo que sea que pueda conseguir y si ello resulta sin ninguna implicación de la voluntad, entonces nos convence.

En España todavía hay gente que cree que los conejos salen de las chisteras y que las cosas se producen sin esfuerzo ni trabajo ni estudio. Por eso, sorprende el hecho de que en el extranjero se valore el trabajo profesional solamente con el ser franco, con la verdad por delante. No sé de dónde procede nuestra permanente paranoia a la franqueza, pero si no empezamos a confiar en el ser franco del que dice la verdad, poco podremos hacer para salir de esta crisis.

¿Ha perdido Occidente sus valores?

Guardado en: Filosofía — Gilberto Salas Enero 26, 2012 @ 6:41 pm

No, al contrario, están muy vigentes los llamados valores de Occidente. De hecho, el mayor valor de Occidentes ha sido y es la fe. La fe en Dios hizo que Occidente armara a muchos de sus hombres para ir a apalear al infiel allí donde los hubiere. En la actualidad, hemos empleado todo nuestro desarrollo científico para que en nombre de la fe en la libertad, crear un sofisticado sistema de defensa de ella, para continuar apaleando al infiel a miles de kilómetros de distancia. Libertad, Dios, patria o economía son los valores prioritario de la fe y por la fe, y defenderla es el motivo principal por lo que hoy en día se mueve Occidente.

El significado del valor de la fe lo presentaba Parménides como la creencia absoluta en lo verdadero. Para él lo verdadero era el ser completo que llenaba los espacios de significación. Esos espacios de significación se convirtieron en interpretativos y cada sociedad, cultura, época axiomatizaba lo verdadero para ser presentado en la creencia y verdad absoluta, como valor de fe. En nombre de la fe en la patria, en la raza, en el proletariado, en la libertad, en el rey, en el Estado e incluso en la razón científica, se han arrasado sociedades y pueblos enteros. En la actualidad se continúa haciéndolo con mucha mayor sofisticación que antaño.

El valor es el principio de dirección del querer, de una acción que tiene un fin. Esta definición de valor equivale a una utilidad de dirección, una norma para que ese valor en sí mismo sea ejecutado por alguien. El valor va vinculado a la utilidad y se crea para ella. El problema, dice Nietzsche, es que se ha olvidado que el valor es una moneda que ha perdido el cuño y no se entiende como un utensilio, sino que se ha convertido en un dogma o una imposición por la fuerza de la costumbre. El valor ya no es algo consensuado para conseguir el fin de una acción conjunta. Es un axioma al que se le otorga un poder inusual, ya que quien lo usa, además de no comprenderlo, no intenta pensarlo, sino que se lanza en la dirección de intransigencia sin entenderlo como un espacio de significación que es la propia interpretación conceptual. De ahí que en realidad el valor es un concepto como espacio topológico de interpretación que puede ser construido y estructurado, para un conocimiento que permite realizar una función. Esta función muy bien puede ser consensuada por un nosotros, o quizá lo mejor, que puede ser construido por cada yo, usado, replanteado, reconstruido y vuelto a usar. De esa forma, pierde su significante dogmatizado, ya que es el uno mismo el que crea el concepto, y por lo tanto, el valor.

En realidad, lo que se ha perdido es que lo dijo Parménides hace mas de dos milenios y todavía no se recuperado. Los hombres solo ven en las palabras el significante, la palabra vacía y no el verdadero espacio de significación. Cuando alguien actúa en defensa de la libertad, en sí misma es una palabra vacía. Es sorprendente como los defensores de la libertad actúan con verdadera impunidad jacobina defendiendo este “valor” sin haber analizado su significancia. Lo mismo ocurre con todos aquellos que defienden palabras y no conceptos interpretados topológicamente. Estos conceptos son herramientas para la misma acción dirigida, pero delimitada y comprendida consensuada dialécticamente con uno mismo o con un nosotros.

Con el exceso de información y la cultura de superficie, lo que verdaderamente vale es el significante, ya que la velocidad adquiere mayor valor que la detención. La palabra vacía es preferible que sea un motor de por sí que estimule a la acción rápida, que no conlleve una comprensión en su significado. La gente no quiere calentarse la cabeza, en cristiano horizontal. De ahí que el valor siempre aparezca como dogma y ahora en mayor medida, ya que nos movemos en una cultura de superficie, el mundo patente de Ortega. Se olvida lo leído hace un instante. Por ese motivo, el valor como dogma aparece en los primeros años de educación y es muy difícil cambiarlo porque nadie se detiene a comprenderlo. Esa moneda a los cincuenta años no se ve ni el color del material de la que está hecha.

Entonces, hay valores, los que uno aprende en su infancia por diferentes modos y motivos. El problema es que estos valores, sean los que sean, adquieren un significado de dogma y no de conceptos interpretativos que pueden ser replanteados y utilizados. No hay trasmutación de valores, que en eso consistía el superhombre de Nietzsche. Nada de poderes especiales ni de élites aristocráticas aunque él hablara de ello. La élite consistía en la capacidad que tiene el individuo de cambio del valor, y mas allá, del principio del valor que es el concepto. Los valores solo sirven si son replanteados y cambiados en sí mismos. El concepto entonces se adapta al tiempo y este tiempo es la construcción de uno mismo, el yo del tiempo propio.

Estudio de superficies. Lo que no hay que hacer y no dejar pasar

Guardado en: Ingeniería y Diseño — Gilberto Salas Enero 22, 2012 @ 7:49 pm

Una de las partes mas importantes en el diseño actual es la creación de formas continuas dentro de las diferentes soluciones espaciales que se ofrecen. Muchos de estos diseños tienen diferentes superficies, con unas complejas uniones entre ellas, que son precisamente lo que hacen atractivos estos diseños. Decía Espinoza que el hombre no podía retener o intepretar todas las imágenes que existen, pero gracias a los programas informáticos, se pueden realizar multitud de formas, superficies e imágenes que pueden ser representadas en el ordenador para ser percibidas por nosotros.

Ello implica que las formas y sus superficies sean analizadas e interpretadas lo mejor posible. Así cualquier diseño que se realice de superficie, tiene que ser analizado, sobre todo los diseños que se realicen con plásticos, ya que es donde mayor expresión se le pueden dar a las curvas variables para componer mayor número de imágenes de superficies.

Para ello es preciso utilizar los programas de análisis gaussianos, de superficie o de curvatura para poder observar las oquedades, grados de discontinuidades o la geometría no progresiva que se pueda establecer en el diseño de plásticos o cauchos, por ejemplo para relojes. Aquí presento un ejemplo donde las curvas y las discontinuidades son manifiestas, ofreciendo unas superficies con una colorimetría muy variada y no homogénea, así como el análisis de curvatura con una geometría caótica. Este es un ejemplo de lo que no se debe hacer en diseño de superficies, ya que hay que examinar todas las superficies para poder modificarlas antes de cualquier tipo de prototipado.

PDF para alguien que deba de estudiar mas

El tiempo de la nada de Severino

Guardado en: Filosofía — Gilberto Salas Enero 7, 2012 @ 10:46 am

Explica Severino que la alienación de la civilización occidental se encuentra en el interés por parte de la ciencia y la tecnología de que las cosas sean tiempo. Pensar el tiempo es pensar en la técnica como una producción de una cosa que viene de la nada y vuelve a la nada. Esta idea se basa en que para Severino el ser es completamente necesario y eterno, y por tanto, todo lo que vemos existe antes y después de que aparezca. El ser de las determinaciones, que son las cosas que existen y existirán siempre aunque hayan desaparecido. Por eso, para Severino el ser desde su punto de vista y como determinaciones plenas, es eterno.

Severino parte del primer principio de la metafísico de Parménides, que interpretado por él mismo, define que el ser es y la nada no es. Este primer principio implica que nada se puede crear de la nada o que alguna cosa pueda ser producida y fabricada desde el no es. Pero en occidente y desde Platón, todas las cosas que son materiales y determinadas, pasan desde su no ser, la nada, a ser cosa o ente. Por tanto, la alienación de occidente consiste en pensar que una cosa, que es un no ser o una nada, puede ser algo, destruirse y volver a ser nada. Esto es el tiempo pensado desde la técnica como producción de una nada. Es el tiempo determinado y medido mientras es ser. La cosa viene del pasado siendo una nada y su futuro es volver a la nada. Si la nada no puede ser pensada y ser dicha, entonces ¿cómo nuestro pensamiento puede soportar la gran contradicción de que la cosa a la vez sea una nada y ser? El problema es que la alienación del tiempo como nada escapa a nuestra conciencia, dice Severino, y la única solución es la vuelta a una filosofía de la necesidad, que en el caso de Severino es la nueva verdad establecida por el Superdios, pero esa es otra historia.

Lo interesante del pensamiento de Severino es que piensa que la alienación del pensamiento occidental es percibir el tiempo como una producción de cosas. Estas cosas pensadas sin comprender el verdadero sentido de lo eterno es estar enajenado, porque no se puede pensar en una identidad entre el ser ente de la cosa y el mismo ser nada en la misma cosa, como argumenta en la declaración de Parménides en cuanto el ser y el no ser o la nada no es. En realidad, Severino enfatiza el sentido de la separación radical entre el ente como ser de la cosa y el ser pleno que subyace a la cosa. Esa separación es el tiempo alienado de occidente. Según Severino, kronos en griego se pronuncia krinein que significa separar. La separación radical es el tiempo entendido como producción de la cosa, que fractura al ser pleno parmenídeo, y se aparta del ser lleno y eterno, como ente. Es una metáfora ontológica de la expulsión del hombre del paraíso del ser pleno y eterno, cuando este ve en el principio de contradicción la sabiduría. Comer del árbol del bien y del mal es percibir que las cosas son tiempo y que pueden ser nada. Por eso son desterrados y expuestos a vivir según sus reglas, las del tiempo de la nada, que son las de la separación del ser y por tanto que la esencia de las cosas puedan ser dominadas bajo la epistemología de la física, que es la medición de lo extenso como función.

Aunque la interpretación de Severino parte también de la base de que un no ser es un ente, Parménides no se refería a un ente como cosa sino que con su frase interpretaba que “ ser en efecto es y no es en ningún donde”. Por tanto, a lo que se refiere Parménides es que el ser no es ningún lugar o extensión que se pueda pensar sino mas bien un modo de ser pleno. Pero al hacer Severino hincapié en que en la misma frase un ser puede no ser, sí que capta el concepto de separación original que domina la epistemología moderna y la identifica como tiempo en cuanto el dominio de las cosas pasa a ser un dominio de la función científica, que no es otra cosa que la medición. Si existe algo absolutamente medido es el tiempo de la nada, que es el tiempo tal y como lo entendemos hoy en día, como número en movimiento. Por lo tanto, tal y como concebimos hoy el tiempo de una manera tan absolutamente medido y extensivo, se comprende, según Severino, que sea el tiempo de la nada como máxima alienación de nuestro pensamiento occidental. Pensar las cosas y percibirlas separadamente es comprender el tiempo como un número, que sería la base de nuestra locura porque todas las cosas no estarían en el ser pleno, sino que serían cosas, objetos de realidad física para una representación, el fantasma. El tiempo medido es el fantasma de la nada que pretende manifestarse y solo lo logra en nuestra locura de trasformarlo en un absoluto a través del reloj como su medición. Medir la nada es la enajenación que nos subsume en occidente. Percibir extáticamente es entender el yo plenamente, sin separación primordial, de un modo denso.

Yo ya no leo libros

Guardado en: Filosofía, Etcétera — Gilberto Salas Enero 6, 2012 @ 1:15 am

Sino que interpreto textos. Cualquier texto, frase, palabra, concepto o proposición se presta a una interpretación propia del Libro. EseLlibro que es el pensamiento del hombre desde que Parménides explico que todo lo que es pensado, percibido y hablado equivale a lo que subyace plenamente. Es el espacio de significación del límite entendido como actividad del conocimiento en cuanto este es inmanente.

Un libro equivale a una fragmentación del pensamiento, en cuanto se abarca para una función de conocimiento trascendental y positivo, o lo que es lo mismo, desde lo medido. El mismo formato del libro es una separación. Es un bloque cuyo aspecto sugiere el de un objeto extenso, con unas dimensiones, que almacena un trozo de conocimiento sea del tipo que sea. En sí mismo tenerlo en las manos en comprender que la realidad es física, extensa, material y dimensional, con lo cual es muy difícil extraer de un objeto extenso el concepto de “plenamente subyace”. Un adverbio acompañado de un verbo que responde a la pregunta ¿cómo? más que a la pregunta ¿qué?

Por ese motivo lo libros no me solucionan ningún problema que plantee desde la pregunta ¿qué? Bergson decía que no existen problemas sin solución sino que existen problemas mal planteados. Todo el conocimiento de la realidad actual se bosqueja con la pregunta ¿qué? El qué supone un sujeto muchas de las veces sustantivado que pregunta por una respuesta en acusativo que equivale también a una cosificación de la respuesta. La pregunta por el qué equivale a lo extenso de la realidad, y por tanto, se busca el conocimiento del objeto en sí, esa búsqueda de la cosa en sí kantiana, el fantasma. Entonces buscar en los libros la respuesta del qué me conduce al fantasma.

Otra cosa es plantear el saber desde el punto de vista del cómo. A la respuesta de esta pregunta conduce a interpretar un texto, una palabra dicha por alguien, una conversación, un intercambio dialéctico o un blog de ecología por ejemplo. Interpreto lo que dicen en el afuera para comprender el adentro. La respuesta al cómo es intensiva y no extensa, con lo cual el límite del significado es “plenamente subyaciente” en cada interpretación de la densidad, en cuanto es consistentemente. Pensar intensivamente significa que la separación de la cosa, del objeto es un problema mal planteado, ya que ni responde a la pregunta del qué. Ese pensamiento parmenídeo es el cómo como “planamente subyace”, ya que si le colocamos el artículo se convierte en objeto como la mismísima nada de Heidegger. Por eso, es imposible comprender el pensamiento de Parménides desde el punto de vista de lo extensivo. Entender que el ser es una esfera es interpretar el espacio como forma geométrica o extensiva del pensar, y eso está muy lejos del pensamiento de Parménides.

¿Se puede explicar “subyaciente pensamiento” en un libro de materia dimensional extensivo? Por ese mismo motivo no se puede entender que para Parménides no exista el movimiento ni el espacio ni el tiempo sino que son determinaciones de lo que no se puede pensar porque es “pleno significar siendo” Otra manera de pensar puramente intensidad. Quizá Heidegger sustantivó en exceso el ser que hemos sido incapaces de ir mas allá o más acá y entender la esfera de significación activamente-limitantemente.

Cuando alguien me dice que lee muchos libros y que se interesa por el conocimiento, solo percibo infelicidad, la infelicidad del que nunca alcanzará una respuesta. Ya decía Espinosa que la tercera vía del conocimiento era la intuición, que consistía en conseguir la felicidad gracias a la relación de todas los modos del mundo. Era comprender lo que subyace en su realidad, que era la sustancia. Una forma de inmanencia pero no plena, ya que a pesar de todo, lo real como naturaleza y sustancia era pensamiento y extensión.

Un libro es una barrera que separa y fragmenta la inmanencia. Es una membrana impermeable, que por sí mismo rompe el aprender. Otra cosa es el texto que se interpreta por cada uno de nosotros en cada momento del tiempo nuestro porque no hay otra clase de tiempo. El tiempo es propio y puede ser sustantivado como sujeto objeto conceptualizado que soy, pero más allá es una medida y eso es lo extenso, y por tanto, “no-subyaciente vacío”. El tiempo medido es el principio de la separación y lo fragmentado, la ruptura de lo pleno.

Con esto, la filosofía cambia su alcance y su objetivo, que no tiene ninguno en el conocimiento del qué. Preguntas sobre qué es el hombre, quien es Dios, qué objetivo tiene el existir no tienen ningún sentido porque solo pueden ser explicadas desde el punto de vista del libro, de lo material extenso cosificado trascendente. Problemas sin solución explicaría Bergson. Otra cosa sería responder al cómo. La respuesta al como es intensivamente, extáticamente, pensativamente, plenamente, significativamente, en definitiva, de cierta manera, a mí manera como explica un texto que se oye, se percibe y se escucha con una armonía musical. Por eso, a la pregunta por el cómo hay que percibir la respuesta sería interpretativamente en los textos del único Libro, el de la verdad bien redonda, “plenamente subyaciente”

La autonomía es el hacer y el conocer del yo. La membrana

Guardado en: Filosofía — Gilberto Salas Enero 3, 2012 @ 9:23 am

La palabra autonomía describe una situación donde lo mismo se rige por la ley que es propia. Cualquier cosa que se afirme que es autónoma significa llanamente que no depende de nadie en relación a determinadas cosas. Maturana y Varela explican que ser autónomo es una condición del ser vivo junto con la capacidad de autoproducirse. Los seres vivos son unidades autónomas en el sentido de que son capaces de especificar lo que es propio de ellos, explican los científicos chilenos. Explican que lo que verdaderamente define a los seres autónomos es su organización autopoiética, donde ellos mismos son capaces de realizarse. Esto implica que una unidad que es capaz de autoorganizarse y autoproducirse significa que ser y hacer son inseparables y que en su pensamiento de una epistemiología basada en lo biológico, por lo que todo hacer es conocer y todo conocer es hacer.

El hombre nace de una célula que se autoorganiza y se autoproduce a partir de unos modelos genéticos que la transforma a un estado multicelular. El hombre es una gran membrana que está organizado por un núcleo que es el cerebro. El cerebro contiene la misma función que el núcleo celular, que es organizar las diferentes funciones de las célula y que está rodeado por una membrana. Esta membrana es la que actúa con el medio ya que no es impermeable, sino que permite el paso de los diferentes iones que son necesarios para la función celular. Esta membrana contiene un potencial plasmático, que es capaz de ese intercambio con el medio, permitiendo un continuo cambio de transformaciones reguladas por el núcleo en el interior de la célula. Si nos basamos en la idea de Maturana y Varela que los conceptos de lo vivo como epistemología son extensibles a una manera del conocer, ser autónomo en el hombre correspondería a un sistema unicelular, que es capaz de autoorganizarse y autoproducirse como una unidad sistemática individualizada. Ello equivaldría a que el hombre es un ser vivo unicelular que estructura y organiza diferentes transformaciones dentro y fuera de su membrana.

El hombre es un ser unicelular que es autónomo y autoproductivo. La autonomía empezaría a definirse en el hombre individual a partir de su autoorganización y autoproduccción. Por ello, es capaz de autodeterminarse y eso es un principio de individualidad al que llamamos yo. Yo soy capaz como un potencial de membrana de autolimitarse y organizarme según mis propias normas y mi propia ley. Por tanto yo o el yo es autónomo o tiende a la autonomía, siendo libre en cuanto soy consciente de ello. Ese yo que se autodetermina sí mismo y por lo que determina y se organiza Fichte lo llama fuerza. La fuerza es la capacidad, el potencial de membrana, para ser organizativa y que el yo se pueda limitar y estructurar a través de su vida. Es la forma que tiene el tiempo en expresarse como yo mismo. Si domino el tiempo podré regirme por mis propias leyes, autodeterminarme y ser autónomo, ya que es la fuerza de mi propia autoorganización, producción y libertad. Lo contrario es ser dependiente, y estar sometido y subyugado a lo que no soy yo. Para ser autónomo habría que usar esa fuerza, esforzarse, en conocerse y hacerse a sí mismo, al yo propio a través del tiempo de uno mismo. Ese sería la función del hombre unicelular, hacerme yo y conocerme a mí mismo.

El problema es que muchos piensan que el yo no existe y que en realidad es el otro, lo de afuera que introduce esas leyes por las que se tiene que regir esa unidad sistémica que es el hombre. Según ellos, el hombre cuando nace está completamente desprotegido y depende del otro para sobrevivir. Esto conlleva a que introduce un mensaje externo dentro de sí mismo, y por tanto todo lo que es se lo debe al otro, definiendo al yo como lo otro. Si esto fuera cierto, la telepatía sería un hecho ya que siempre sabríamos lo que piensa el otro porque soy yo, pero solamente lo intuimos y la mayoría de las veces desacertadamente. La membrana del hombre unicelular transforma los enunciados, el lenguaje del otro y lo interpreta propiamente, por lo cual no se puede decir taxativamente que el yo es el otro. Además, como ser vivo el hombre tiende a la autonomía y esa solo lo puede ofrecer el yo que se autodetermina y autolimita dentro de la membrana, que a la vez interactúa con el medio.

El conocer es una función del núcleo, pero es un hacer gracias al potencial de la membrana del hombre unicelular. La membrana sugiere separación y limitación, pero en un medio donde se interactúa como es la capacidad que tiene la membrana por sí misma de actividad, entonces el término de limitación sugiere impulso o tendencia. Esa tendencia, sería interior en cuanto existe un potencial interno de transformación que se dirigiría al conocer en relación al núcleo y una tendencia exterior como potencial externo de transformación hacia el medio, que es la actividad plena y el hacer. El potencial de membrana del hombre unicelular es lo que hace posible el conocer y el hacer. Así, el hombre individual, que tiende a la autonomía por el yo, es posible gracias a la membrana, que no es limitación ni separación sino actividad del hacer y del conocer.

Junto a la noche

Guardado en: Filosofía — Gilberto Salas Diciembre 27, 2011 @ 3:40 pm

Es el título de la traducción al español de la novela de ciencia ficción Alongside Night de J. Neil Schuman escrita en 1979. La trama se desarrolla en un futuro no lejano en Estados Unidos, donde un gobierno federal agotado por la falta de dinero que carece de valor, con una gran crisis inflacionaria, domina a través del Estado a los ciudadanos. Cada vez en mayor medida, estos ciudadanos van perdiendo sus hogares y las filas de desocupados van llenando las calles de las ciudades. Muchas empresas van cayendo en quiebra y desaparecen, con lo cual proliferan los contrabandistas, que hacen uso de la tecnología para lograr que las nuevas empresas más intrépidas, no puedan ser detenidas por el control totalitario del Estado.

El protagonista es Elliot Vreeland, hijo de un economista premiado por el gobierno, que dentro de este marco tan asolador se une a un grupo de mercenarios agoristas, que se dedican a defender como unas nuevas sociedades de protección privada, a las empresas y ciudadanos que practican la contraeconomía. Ese es el modo práctico que usa esta organización para agorista para llevar a cabo la revolución y tumbar el gobierno totalitario del Estado en la novela de N. Schuman. Conforme se va desestabilizando la situación, el Estado aumenta el control sobre los medios de comunicación, los impuestos, la burocracia, el comercio y todos los sectores donde alcanzan sus tentáculos. Al final se colapsa el sistema, con lo que el Estado desaparece y el sector privado introduce una nueva infraestructura, basada en el mercado libre a partir del inicio de la contraeconomía.

La contraeconomía es un concepto de mercado revolucionario que introduce S. Konkin como primer estadio para conseguir llegar al mercado libre. Consiste en una economía que propugna la economía sumergida y toda acción humana no agresiva de acción directa contra las normas, tarifas, impuestos, etc. que grava el Estado sobre los ciudadanos. Este tipo de acciones en que se fundamenta la contraeconomía, permite la liberación del control del Estado y la instauración inmediata en las empresas de una lógica para saber qué reglas romper y cuál es el momento. La acción contraeconomía se rige por el principio del riesgo en la búsqueda de beneficios, que no implican que sean beneficios monetarios, sino un valor subjetivo del rendimiento y de la utilidad.

Si nos basáramos en la trama de esta novela, en España estaríamos en un periodo revolucionario, ya que la contraeconomía de la economía sumergida alcanza un 21 % del PIB. Ello implica que casi una cuarta parte de nuestra producción se encuentra al margen del control del Estado y estaría dentro de los parámetros revolucionarios de S. Konkin. Claro que las otras terceras partes, están sujetas al control normativo y reglado del Estado, que debería de cambiar los parámetros hasta ese nivel para colapsarse.

En la novela, los mercenarios agoristas se basan en el pensamiento de Konkin sobre el agorismo. La ideas de S. Konkin parte de que existe una lucha de clases, entre la clase política y la clase emprendedora. La clase política en realidad son todos los hombres que prefieren la estabilidad antes que el riesgo y sus acciones se dirigen a gravar de alguna manera al emprendedor. Por ejemplo, el trabajador como clase política dentro del Estado es un sicario a su servicio, donde la verticalidad se invierte y el verdadero director de la empresa es el contratado. Esa norma impositiva y reglada como contrato laboral legislado de carácter estatal, impide al emprendedor ser autónomo rigiéndose por los intereses del sicario del Estado, que con su demanda de estabilidad, lo que produce es una rémora para cualquier empresa emprendedora. La otra clase de Konkin es la clase emprendedora, que prefiere el riesgo a la estabilidad y el beneficio como valor subjetivo para él para el otro. La mentalidad de lo político, según Konkin, es aprovecharse del emprendedor con todas las normativas impuestas para beneficio de su pretendida estabilidad.

Ahora bien, este pensamiento no deja de ser una lucha entre el uno y el otro, cuando en realidad la lucha es con uno mismo, el yo que intenta comprender el tiempo. El tiempo, desde el punto de vista de lo medido es una regla, es un impuesto, es el Estado internalizado en el yo de cada uno. El sujeto se sujeta a sí mismo por ese control del tiempo previsible y estable en cada una de sus acciones. Así, trabajo es igual a tiempo, salario, contrato, rutina, que lleva a la desgana y a la falta de esfuerzo. La otra manera de comprender el tiempo es el de la acción, la producción propia, el proyecto de vida, que se basa en lo aleatorio, lo inestable y el existir, que es la posibilidad en sí de obrar como sujeto propio y sujeto a uno mismo. Así el trabajo no se entiende como un tiempo bajo el dominio del salario o de la rutina sino sobre el existir. Pensado de este modo, el trabajo es sinónimo de acción propia y no está supeditado a la rigidez normativa de un Estado introyectado como tiempo medido. Es el mismo proyecto de vida en que consiste el vivir.

Muchos de los españoles o de los que vivimos en este territorio somos un poco agoristas o por lo menos en la realidad actual, aunque no seamos conscientes de ello. Los agoreros de los políticos, que no los agoristas, piensan que no podemos vivir sin las reglas que nos impone el Estado. Por lo menos en España casi un tercio vive fuera de estas reglas y en un agorismo no consciente. Quizá son ellos los primeros revolucionarios del nuevo orden social y todavía no lo sabemos.

La representación y el icono en el diseño

Guardado en: Filosofía — Gilberto Salas Diciembre 17, 2011 @ 10:48 am

La representación y el icono son dos formas de conocimiento de la realidad desde un punto de vista extrínseco e intrínseco. Lo extrínseco pertenece a una realidad de formas geométricas, euclidianas donde la representación es una figura, un cuadro, un esquema que se forma en la mente del individuo como proyección de un ser externo de superficie. Este cuadro de geometría contiene accidentalmente cualidades que los conforman, siendo extensiva y específica en cuanto que los límites son morfológicos, orgánicos, separados y no relacionales sino más bien contiguos, adyacentes, fronterizos y lindantes, pero formados por exterioridad. Existe una oposición por contrariedad en la forma representativa que la identifica separada y diferencialmente.

La representación emana de un objeto y contiene su realidad en cuanto ese objeto esquematizado tiene un significado. Representación, objeto y significado equivalen a plasmar una realidad análoga, equivalente pero cada una de las partes separadas de la otra, y por tanto, débilmente cohesionadas por similitud o semejanza, cuyo camino es la trascendencia. No se duda de la realidad extrínseca pero es superficial, fenoménica, separada y repetitiva. La representación es repetición en cuanto las formas geométricas que expresan al objeto contienen el mismo significado diferencial, análoga incluso en las mismas identidades que define. La representación “árbol” sirve para todo tipo de género y diferencia específica, cualitativa, generalista y universal, como condición de un conocimiento de la realidad máximamente compartida, no original, lo que supone ser una imagen que copia esa realidad externa y experimentada casi fotográficamente.

Para la forma de conocimiento representativo lo verdadero es lo superficial, extensivo y material entendido como realidad física de la cosa que se esquematiza de un modo claro y separado en una subjetividad sujeta a la forma geométrica del objeto. Esa realidad es trascendente en cuanto es radiación del objeto sea por definición o por figuración, una realidad separada y desligada al hecho de conciencia, aunque sea adecuada al signo. El sujeto entonces no es causa formal del objeto en la conciencia, y por tanto, la representación será una reproducción nunca un original, ya que es representativa y figurativa de la cosa copiada.

El diseño es un trazo o un figura, el dibujo de una forma. Desde el punto de vista de la representación el diseño sería la copia de un objeto al que el dibujo lo conforma. El diseño representativo sería de superficie, a partir del conocimiento de las formas euclidianas que emanan de la cosa o de la realidad física extensa. Sería lo limitado en cuanto está separado y separable de lo contiguo, sin estar cohesionado ni relacionado salvo por un contexto de funcionalidad. El diseño de la representación es extrínseco y específico, análogo por semejanza a una realidad física que se expresa en la copia formal figurativa, calcada de lo extenso/externo. Si consideramos al diseño dentro de una realidad interpretativa o hermenéutica, contiene una etimología que lo vincula al concepto como un pensamiento que se expresa por palabras y se conforma, lo que implica una mayor participación del hecho de conciencia. Hay entonces una relación de la realidad que pasa a ser comprensiva del concepto o del pensamiento a través de la palabra. Sería marcar el territorio o delimitar el concepto. En realidad, diseñar proviene de la palabra italiana designare que significa delimitar que se usaba para delimitar la ciudad por medio del arado, urbem arado designo. Este delimitar es un términus, los postes que limitaban un territorio, que era la palabra latina que se usaba para el límite como un concepto. El pensamiento se limitaba por el concepto, se diseñaba por la marca con el arado en el territorio. Los postes, los hitos, conformaban la expresión conceptual del diseño. El diseño es la expresión intrínseca del concepto, del pensamiento conformado. A este tipo de diseño yo lo llamo Icono.

Un icono es la comprensión de un concepto conformado a partir de una realidad intrínseca, que equivale a la expresión conceptual delimitada a través del diseño de un hecho de conciencia de una subjetividad yoica. Es el pensamiento construido intrínsecamente a partir de un sujeto propio, que expresa sus propios hechos y productos de conciencia como su propia realidad histórica y no de formas geométricas sino de formas de significación. El límite es una fuerza que aúna lo diverso a partir de un sentimiento del yo. El icono se convierte en un nuevo espacio de significación conceptual como producto de un yo que lo conforma espacial y materialmente, que expresa un término pero no reproduce una forma sino que produce una fuerza expresiva que tiene que ser comprendida. La forma de la fuerza es el tiempo, y es lo mediado entre el mundo inteligible interior intrínseco y el mundo de los fenómenos exteriores y extrínsecos. Por tanto, la esencia del diseño como icono en cuanto es forma de la fuerza es el tiempo y este es el yo propio. Sin una fuerza es imposible trazar líneas ni el movimiento, ese trazar líneas, el delimitar el diseño como icono. La fuerza hace inteligible al concepto, hace comprensible a lo determinado determinable de la forma del tiempo, el icono. El icono es a la vez sujeto y objeto como expresión de la forma del tiempo propio.

La comprensión del icono proviene del impulso estético. La comprensión implica que no existe una separación entre el concepto como pensamiento y el tiempo propio que lo interpreta o comprende, que es el yo. Además el comprender es una función de relación en el conocimiento intrínseco, que equivale a entender o percibir que existe una conformación productiva entre el yo  y el pensamiento/idea/objeto. El comprender no es una acción basada en la lógica racional sino más bien es una acción aprehensiva, como penetración de lo intrínseco, además de ser correlativo en la misma serie de transformación productiva dinámica y activa.

El icono es un concepto comprendido como constructo, cuya función es el conocimiento intrínseco del significado histórico de la unidad estructural vivencial, que se expresa delimitado por el trazo o de las líneas que lo forman, conforman y transforman. Es una realidad activa del vínculo inmanente sujeto/objeto expresado como tiempo propio en el marco de un contexto, por lo cual ese concepto como constructo contextual es una forma topológica. Es un espacio de significado de relaciones de superficie y de profundidades para la comprensión de una función de conocimiento. Es la parte más objetual de un escorzo del que puede formar parte e incluso dos o tres a la vez. Es la realidad actual/virtual del diseño delimitado como concepto/constructo que a la vez es sujeto/objeto transformado en espacio/materia relacional, y por tanto, no separable.

La representación como lo representativo en el diseño se acerca a un estadio de superficie en el conocimiento tanto de la forma como del trazo en sí. Es el dibujo como copia sin originalidad ni contexto, como expresión de un mundo patente, geométrico y euclidiano. El problema está en que el diseñador se detenga en este tipo de conocimiento representativo y comprenda la realidad solamente desde lo externo o extrínseco dejando de ser creativo. El producto materializado desde el punto de vista de la representación, siempre será un objeto sin parte de sujeto, ya que es representación de la copia. Por otro lado, el icono es el sujeto/objeto materializado en una realidad a la vez actual/virtual que debe de ser sentida y comprendida intrínsecamente, en una relación con respecto al impulso estético intersubjetivo. Los sujetos se hacen a la vez objetos al participar por el sentimiento estético de la visión, el tacto o los sentidos en su encuentro con el icono. El icono necesita del encuentro para ser comprendido y no la simple mirada de lo representativo del conocimiento externo.

Conformar y transformar un concepto en un icono para ser comprendido es la máxima tarea que puede aspirar un diseñador, sea filósofo, escritor, pintor o lo que sea ya que en realidad es un creador. El creador es el que da forma al trazo, a la línea por medio de su propia fuerza que es el tiempo, de un modo activo, ya esa actividad es la propia realidad mostrada como función del tiempo propio. Este texto es un icono.

He extraviado todo el año 2011

Guardado en: Filosofía, Etcétera — Gilberto Salas Diciembre 11, 2011 @ 9:49 am

La semana pasada en la consulta me di cuenta de que estábamos en el 2011 y no en el 2010 como había creído durante todo el año. Tanto hablar del tiempo propio, de la acción de que el tiempo medido es de la existencia inauténtica, que realmente no sabía en qué año estaba. Claro que esto lo hago extensible al mes, al día de la semana o a la hora, ya que mi reloj es lo que me pide el cuerpo. Por eso no llevo reloj aunque los venda, salvo para ver las formas y sus sensaciones estéticas.

Me vino a la cabeza después de esto, la escena de Rollerball (1975, por si acaso) donde Jonathan va a Suiza a consultar a Zero, la computadora que guarda todos los libros que las corporaciones han suprimido, clasificado y almacenado en ella. El programador lo recibe con mucha alegría, pero pronto le muestra su consternación por la desaparición de los archivos de todo el siglo XIII. Para su propia tranquilidad le explica a Jonathan que tampoco había nada importante en ese siglo, solamente Dante y unos cuantos Papas corruptos. Quizá yo estaría un poco más afectado por la desaparición de Alfonso X el sabio y su escuela de traductores de Toledo o el Opus Oxoniense de Duns Escoto, pero si hacemos un poco de caso a la Escuela de Annales, la verdadera historia no es una historia de fechas sino de la gente que la vive, de sus mentalidades. Esta nueva historia no documenta y ordena los hechos de un modo positivista por fechas, sino que alcanza a un análisis de estructuras económicas, sociales, culturales dentro del contexto, indagando en mayor medida en la lingüística y los sistemas estructurados de pensamiento, además de los citados anteriormente. Los de la Escuela de Annales no estarían muy afligidos tampoco con la desaparición de Dante o de los Papas corruptos, ya que ellos establecerían una línea de relación entre los siglos que enlazan al siglo XIII, para explicar esa multiplicidad espacio-temporal, sin menoscabo por la pérdida de los textos históricos.

La anécdota que me ocurrió la semana pasada se encuentra en una línea más propia del tiempo de cada uno como la idea de historicidad de Heidegger. Heidegger explica que la historicidad del ser-ahí, que primeramente es la de cada uno de nosotros en general y después en particular, sea un proyecto que no tiene que ver con fechas sino con una posibilidad de desarrollo y la comprensión de ello. Una historia de fechas se entiende como una sucesión y no como un proyecto o una tarea continua del yo de cada uno como tiempo propio.

También me atreví a esbozar una teoría del tiempo sociológica después de abordar el tiempo propio a partir de la historicidad de Heidegger y que ahora transita por la idea inmanente del yo fichteano. La teoría sociológica que expuse en el 2008, se basaba en que debido al alargamiento de la vida por el individuo y dentro de su proyecto existencial, lo cual hace que se expresen las diferentes fases sociológicas-temporales que yo describía como cósmica, natural, lábil/afectiva/jurídica, cronometrada, y por último, la fase de la frontera, que se identifica con el tiempo del emprendedor y del presurista que explicaba en algún post últimamente.

De todas formas, ya me ocurrió pero desde un punto de vista mas técnico, como a Zero pero las consecuencias de este año extraviado en el “software” contiene un sentido mas gracioso, que es interpretativo. Hay una escena El dormilón (1973) de Woody Allen sobre los objetos del pasado en que a Miles Monroe, el protagonista, le enseñan diferentes fotos del pasado, para que explicara a los sociólogos e historiadores del siglo XXII cómo era la sociedad del Siglo XX, ya que tenían poca información sobre aquella época. Miles da su propia interpretación de la historia, muy distorsionada si la observamos desde un punto de vista positivista y convencional, pero mucho más irónica. Si Miles es la fuente donde se informan esos futuros historiadores o Annalistas del futuro, la conclusión sería que me da igual la posteridad. Una fecha no se puede perder como un pasado que no se tiene dice Marco Aurelio. La historia la hago para mí mismo eligiendo e interpretando lo que mejor conviene siempre a ese dispositivo que se llama el temporizador .

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